viernes, 25 de enero de 2013

Semblanza de Horacio Ornes - Néstor Sánchez


Ante la tumba de Horacio Ornes, mi amigo.

Lunes 17 de diciembre del 2012

La vida y obra de Horacio Ornes resiste muchas lecturas. La mía no agotará toda su magnitud, llena de semblanzas, anécdotas, recuerdos y hechos que colmaron el paso por la vida de este dominicano excepcional. 

Desde mi regreso de México con mi adorada esposa Arddys y mis dos “chilanguitos” nacidos en el Distrito Federal,  Horacio se hizo parte de mi cotidianidad. Inicié junto a él una larga jornada de realizaciones para beneficiar a las comunidades más pobres de la frontera Dominicana que todavía hoy continúa. 

Ya desde principio de los años ochenta  Horacio era líder indiscutible del desarrollo comunitario y había logrado aglutinar un equipo de colaboradores versados en las tecnologías apropiadas para poner en escena novedosas soluciones a problemas ancestrales: estufas Lorena para restarle presión al bosque disminuyendo la tala de árboles, letrinas aboneras incrementar la productividad agrícola de las parcelas, biodigestores, irrigación por goteo, acueductos por gravedad y micro-hidroeléctricas entre  muchas otras tecnologías, que saltaban de los libros de textos para convertirse en buenaventuras.

Yo, que regresaba de una experiencia académica rigurosa en universidades norteamericanas y mexicanas, me maravillaba por la creatividad de este Quijote del Siglo XX como bien lo definiera ayer nuestro entrañable Andrés Ferrer, aquí presente, y poco a poco comencé a admirarlo y a aquilatar su obra de bien. Paulatinamente y sin pensarlo, fui pasando de testigo a cómplice de ese laboratorio de esperanzas que ha sido y siendo FUDECO.

¿Cuáles cualidades humanas y profesionales hicieron posible esta monumental obra?

En primer lugar, su gran capacidad de síntesis. Como pocos Horacio tenía la virtud del pragmatismo. Economizaba palabras e iba al grano con una claridad conceptual fuera de serie que lo catapultó como gran comunicador. Sólo en una ocasión lo oí desmantelar los argumentos de sus contrarios cuando el Caotaco de Matayaya fue tomado por una turba de enardecidos líderes campesinos del suroeste y tuvimos que abrirnos paso, él y yo, entre hostilidades e insultos para enfrentar sus  reclamaciones. Con la tranquilidad del sabio Horacio desmanteló uno por uno los argumentos y logró concertar acuerdos y negociaciones que evitaron una guerra campesina entre grupos de desafectos. Pero salvo excepciones como ésta por regla general Horacio no cuestionaba la argumentación de su interlocutor, sino que, en una intrincada dialéctica del discurso, la hacía suya, la enriquecía y la devolvía como síntesis de una nueva tesis basada en el consenso. 

En segundo lugar, su indiscutible condición de líder. Siempre le dije de manera jocosa que había errado al cursar en la Universidad de Texas A&M la carrera de economía agrícola pues tenía las cualidades innatas para egresar con honores de West Point y escalar la Jefatura del Estado Mayor. Pero creo que hizo lo correcto y se convirtió en el General de 5 Estrellas del desarrollo comunitario. Gracias a ello llegó a ser Subsecretario de Agricultura  a los 23 años y contribuyó significativamente a diseñar importantes instituciones de bien común como la Junta Agro Empresarial Dominicana, MUDE, y ADEMI entre otras.  Capturó así a toda una generación de jóvenes, deseosos de superar las trincheras de las luchas callejeras de la época y enfrentar  los problemas del subdesarrollo. Al amparo de un pequeño manifiesto que conservó siempre en su biblioteca titulado “Small is Beautiful” de Joseph Schumaker y que consultábamos  con frecuencia para refrendar los principios del trabajo social autogestionario, Horacio condujo a esa legión de colaboradores, hoy  todos hombres y mujeres comprometidos con los pobres de nuestro país y el mundo. 

En tercer lugar, también he de señalar su indiscutible capacidad para agenciar apoyos internacionales. En este ámbito Horacio se adelantó a su época, aún no globalizada, pues sin contar con las novedosas metodologías de planificación estratégica actuales, en los ochentas y noventas visualizó el mapa de problemas y le asignó las fuentes de financiamiento que podrían resolverlos. Así, por ejemplo, convenció a los alemanes para construir pequeños acueductos por gravedad que llegaron a ser más de 200. Sedujo a los norteamericanos para mejorar la producción agrícola y poner en práctica novedosos programas de salud materno-infantil. Encantó a la Alianza Internacional de Save the Children de la que fue siempre el líder más distinguido entre su membrecía de países pequeños, para patrocinar niños y promover sus derechos ciudadanos. Y tocó todas las puertas locales que fueron necesarias hasta posicionar a FUDECO como la Organización sin Fines de Lucro más exitosa de todos los tiempos en materia de recaudación de fondos internacionales. Cientos de millones de dólares tal vez miles, se invirtieron en el país para combatir la pobreza gracias al trabajo tesonero de Horacio y al grupo de colaboradores que estuvimos a su lado y que le ahorraron al erario dominicano fuertes sumas de dinero.

En cuarto lugar, su don de gente que lo mostraba ante propios y ajenos como un caballero a carta cabal. En efecto, Horacio tuvo siempre la virtud de sumar amistades y granjearse  querencias. Poseedor de maneras finas y educadas, reveladas en un estilo mesurado y clásico de vestir, en la gesticulación elegante que sorprendía al interlocutor  y en la gran virtud de hacer sentir al otro importante, escuchado y valorado, Horacio personificaba la caballerosidad, hoy poco cultivada y menos aún practicada.  Era centro de conversaciones y un inagotable Storyteller en el buen sentido de la tradición literaria inglesa. Y en ese tenor cautivaba escenarios. Lo acompañé en muchos  de sus viajes por el mundo buscando fondos para los pobres del país y en todos fascinaba a propios y extraños con historias salpicadas de buen humor y mejor histrionismo. Horacio fue un maestro del cuento corto como conversación  y su sola presencia aseguraba veladas inolvidables. Como en una ocasión en que, participando de un acto oficial en el Ministerio de Relaciones Exteriores de Costa Rica, la viuda de Don Pepe Figueres -constructor insigne de la democracia en ese gran país- al verlo exclamó sorprendida: “Ay Dios mío pero si eres el vivo retrato de tu padre”, (en alegoría a los  días en que Horacio padre fungió de estratega militar del ascenso al poder de su marido), rompiendo así el protocolo y entregándonos las llaves simbólicas de la ciudad de San José de Costa Rica, que, a partir de ese momento, quedó en nuestras manos. Demás está señalar que, a nuestra edad, que para entonces superaba en algo la de Cristo, hicimos buen uso de las oportunidades subsiguientes.

Finalmente, y no menos importante, me permito caracterizar el rol de Horacio entre sus  amigos más cercanos y que resumo en ideas cortas. 

1.     Su opinión era siempre buscada y escuchada pues le reconocíamos autoridad moral. 

2.     Era centro de acuerdos y soluciones pues contaba siempre con la respuesta deseada

3.     Todos reclamábamos su bonhomía y nos regalaba con gratitud inolvidables veladas  a cambio de que llenáramos, así fuese por  un corto momento, su soledad 

4.     Por último, su sentido de la lealtad que en muchas ocasiones pusimos a pruebas para salir fortalecida ante las adversidades.

Afortunadamente este Quijote del Siglo XX que hoy llega a su última morada, cuenta con una legión de Sanchos Panzas que contaremos su historia. 

A ti, Horacio amigo, que enfrentaste tantos retos y pudiste superar los asechos de una anatomía que, finalmente, cayó vencida por la impronta del destino,

A ti, Horacio colega,  a quien me honro reconocer como líder indiscutible del desarrollo comunitario, gran constructor de instituciones de servicio social, internacionalista como pocos desde donde sentaste cátedra,

A ti, Horacio compañero, que tanto hiciste por este gran país tan mal administrado, 

A ti, Horacio hermano, que asumiste la honradez como estilo de vida, la confidencia leal como sello de amistad y el encantamiento de voluntades: 

Qué privilegio haberte conocido, que gran dicha haber compartido contigo tantas experiencias vitales, una misma formación moral familiar y un compromiso indiscutible con los mejores intereses de nuestro pueblo.

Que descanses en paz, Horacio Julio.
¡Qué bien lo hiciste!

Néstor Sánchez
En una triste mañana de diciembre del 2012


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