Ante la tumba de Horacio Ornes, mi
amigo.
Lunes 17 de diciembre del 2012
La
vida y obra de Horacio Ornes resiste muchas lecturas. La mía no agotará toda su
magnitud, llena de semblanzas, anécdotas, recuerdos y hechos que colmaron el
paso por la vida de este dominicano excepcional.
Desde
mi regreso de México con mi adorada esposa Arddys y mis dos “chilanguitos” nacidos en el
Distrito Federal, Horacio se hizo parte
de mi cotidianidad. Inicié junto a él una larga jornada de realizaciones para
beneficiar a las comunidades más pobres de la frontera Dominicana que todavía
hoy continúa.
Ya
desde principio de los años ochenta Horacio era líder indiscutible del desarrollo
comunitario y había logrado aglutinar un equipo de colaboradores versados en
las tecnologías apropiadas para poner en escena novedosas soluciones a
problemas ancestrales: estufas Lorena para restarle presión al bosque
disminuyendo la tala de árboles, letrinas aboneras incrementar la productividad
agrícola de las parcelas, biodigestores, irrigación por goteo, acueductos por
gravedad y micro-hidroeléctricas entre muchas
otras tecnologías, que saltaban de los libros de textos para convertirse en
buenaventuras.
Yo,
que regresaba de una experiencia académica rigurosa en universidades
norteamericanas y mexicanas, me maravillaba por la creatividad de este Quijote
del Siglo XX como bien lo definiera ayer nuestro entrañable Andrés Ferrer, aquí
presente, y poco a poco comencé a admirarlo y a aquilatar su obra de bien. Paulatinamente
y sin pensarlo, fui pasando de testigo a cómplice de ese laboratorio de
esperanzas que ha sido y siendo FUDECO.
¿Cuáles
cualidades humanas y profesionales hicieron posible esta monumental obra?
En
primer lugar, su gran capacidad de síntesis. Como pocos Horacio tenía la virtud
del pragmatismo. Economizaba palabras e iba al grano con una claridad
conceptual fuera de serie que lo catapultó como gran comunicador. Sólo en una
ocasión lo oí desmantelar los argumentos de sus contrarios cuando el Caotaco de
Matayaya fue tomado por una turba de enardecidos líderes campesinos del
suroeste y tuvimos que abrirnos paso, él y yo, entre hostilidades e insultos
para enfrentar sus reclamaciones. Con la
tranquilidad del sabio Horacio desmanteló uno por uno los argumentos y logró
concertar acuerdos y negociaciones que evitaron una guerra campesina entre
grupos de desafectos. Pero salvo excepciones como ésta por regla general
Horacio no cuestionaba la argumentación de su interlocutor, sino que, en una
intrincada dialéctica del discurso, la hacía suya, la enriquecía y la devolvía
como síntesis de una nueva tesis basada en el consenso.
En
segundo lugar, su indiscutible condición de líder. Siempre le dije de manera
jocosa que había errado al cursar en la Universidad de Texas A&M la carrera
de economía agrícola pues tenía las cualidades innatas para egresar con honores
de West Point y escalar la Jefatura del Estado Mayor. Pero creo que hizo lo
correcto y se convirtió en el General de 5 Estrellas del desarrollo
comunitario. Gracias a ello llegó a ser Subsecretario de Agricultura a los 23 años y contribuyó significativamente
a diseñar importantes instituciones de bien común como la Junta Agro Empresarial
Dominicana, MUDE, y ADEMI entre otras. Capturó
así a toda una generación de jóvenes, deseosos de superar las trincheras de las
luchas callejeras de la época y enfrentar
los problemas del subdesarrollo. Al amparo de un pequeño manifiesto que
conservó siempre en su biblioteca titulado “Small is Beautiful” de Joseph Schumaker
y que consultábamos con frecuencia para
refrendar los principios del trabajo social autogestionario, Horacio condujo a esa
legión de colaboradores, hoy todos
hombres y mujeres comprometidos con los pobres de nuestro país y el mundo.
En
tercer lugar, también he de señalar su indiscutible capacidad para agenciar
apoyos internacionales. En este ámbito Horacio se adelantó a su época, aún no
globalizada, pues sin contar con las novedosas metodologías de planificación estratégica
actuales, en los ochentas y noventas visualizó el mapa de problemas y le asignó
las fuentes de financiamiento que podrían resolverlos. Así, por ejemplo, convenció
a los alemanes para construir pequeños acueductos por gravedad que llegaron a
ser más de 200. Sedujo a los norteamericanos para mejorar la producción
agrícola y poner en práctica novedosos programas de salud materno-infantil.
Encantó a la Alianza Internacional de Save the Children de la que fue siempre
el líder más distinguido entre su membrecía de países pequeños, para patrocinar
niños y promover sus derechos ciudadanos. Y tocó todas las puertas locales que
fueron necesarias hasta posicionar a FUDECO como la Organización sin Fines de
Lucro más exitosa de todos los tiempos en materia de recaudación de fondos
internacionales. Cientos de millones de dólares tal vez miles, se invirtieron
en el país para combatir la pobreza gracias al trabajo tesonero de Horacio y al
grupo de colaboradores que estuvimos a su lado y que le ahorraron al erario
dominicano fuertes sumas de dinero.
En
cuarto lugar, su don de gente que lo mostraba ante propios y ajenos como un
caballero a carta cabal. En efecto, Horacio tuvo siempre la virtud de sumar
amistades y granjearse querencias.
Poseedor de maneras finas y educadas, reveladas en un estilo mesurado y clásico
de vestir, en la gesticulación elegante que sorprendía al interlocutor y en la gran virtud de hacer sentir al otro
importante, escuchado y valorado, Horacio personificaba la caballerosidad, hoy
poco cultivada y menos aún practicada.
Era centro de conversaciones y un inagotable Storyteller en el buen
sentido de la tradición literaria inglesa. Y en ese tenor cautivaba escenarios.
Lo acompañé en muchos de sus viajes por
el mundo buscando fondos para los pobres del país y en todos fascinaba a
propios y extraños con historias salpicadas de buen humor y mejor histrionismo.
Horacio fue un maestro del cuento corto como conversación y su sola presencia aseguraba veladas
inolvidables. Como en una ocasión en que, participando de un acto oficial en el
Ministerio de Relaciones Exteriores de Costa Rica, la viuda de Don Pepe
Figueres -constructor insigne de la democracia en ese gran país- al verlo
exclamó sorprendida: “Ay Dios mío pero si eres el vivo retrato de tu padre”, (en
alegoría a los días en que Horacio padre
fungió de estratega militar del ascenso al poder de su marido), rompiendo así el
protocolo y entregándonos las llaves simbólicas de la ciudad de San José de
Costa Rica, que, a partir de ese momento, quedó en nuestras manos. Demás está
señalar que, a nuestra edad, que para entonces superaba en algo la de Cristo,
hicimos buen uso de las oportunidades subsiguientes.
Finalmente,
y no menos importante, me permito caracterizar el rol de Horacio entre sus amigos más cercanos y que resumo en ideas
cortas.
1.
Su opinión era siempre buscada y
escuchada pues le reconocíamos autoridad moral.
2.
Era centro de acuerdos y soluciones
pues contaba siempre con la respuesta deseada
3.
Todos reclamábamos su bonhomía y nos
regalaba con gratitud inolvidables veladas a cambio de que llenáramos, así fuese por un corto momento, su soledad
4.
Por último, su sentido de la lealtad
que en muchas ocasiones pusimos a pruebas para salir fortalecida ante las
adversidades.
Afortunadamente
este Quijote del Siglo XX que hoy llega a su última morada, cuenta con una
legión de Sanchos Panzas que contaremos su historia.
A
ti, Horacio amigo, que enfrentaste
tantos retos y pudiste superar los asechos de una anatomía que, finalmente,
cayó vencida por la impronta del destino,
A
ti, Horacio colega, a quien me honro reconocer como líder
indiscutible del desarrollo comunitario, gran constructor de instituciones de
servicio social, internacionalista como pocos desde donde sentaste cátedra,
A
ti, Horacio compañero, que tanto
hiciste por este gran país tan mal administrado,
A
ti, Horacio hermano, que asumiste la
honradez como estilo de vida, la confidencia leal como sello de amistad y el
encantamiento de voluntades:
Qué
privilegio haberte conocido, que gran dicha haber compartido contigo tantas
experiencias vitales, una misma formación moral familiar y un compromiso
indiscutible con los mejores intereses de nuestro pueblo.
Que
descanses en paz, Horacio Julio.
¡Qué
bien lo hiciste!
Néstor
Sánchez
En
una triste mañana de diciembre del 2012

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